lunes, 25 de mayo de 2009

- 25 DE MAYO -





RUMBO AL BICENTENARIO





El 25 de Mayo no es un simple feriado, un día en el que no se trabaja o no se concurre al colegio. En esta fecha celebramos uno de los acontecimientos más importantes sobre los cuales se construyó nuestro país. Durante la Revolución de Mayo se puso en juego el futuro de un colonia, que deseaba crecer y desarrollarse como un pueblo independiente.





Conmemoramos entonces el 25 de Mayo, cuando un grupo de patriotas iluminaron el camino de la Independencia. Cuando en una lluviosa jornada los vecinos de Buenos Aires alumbraron la idea de sentirse libres e independientes, protagonistas y artífices de su propio destino.

Fuente: Informe: Javier La Loggia - Especial para LA NACION LINE





El Proceso Revolucionario

No hay duda de que el proceso revolucionario comienza cuatro años antes, en 1806 y 1807, momento en que Buenos Aires rompe los moldes burocráticos establecidos para reclutar milicias y pone en pocos meces de pie a "nueve mil hombres de pelea" para rechazar a los invasores ingleses. Convergen entonces, dos movimientos simultáneos. Por un lado, la ciudadanía se arma espontáneamente ("los cuerpos urbanos habían sido autorizados a nombrar sus propios oficiales y los oficiales a nombrar sus jefes"); por otro, el Cabildo destituye al virrey Sobremonte e instala a Santiago de Liniers, a quien proclama, según una exaltada metáfora, "el rugido de la masa".





De este modo, sin ningún plan deliberado, los criollos "convirtieron en partidos políticos y situación armada lo que hasta entonces no habían salido de la vida interna de los habitantes" Interrelación de voluntad de poder con el azar de las circunstancias: en aquélla época los acontecimientos comienzan a ser arrastrados por una fatalidad revolucionaria que expresa tendencias irreprimibles. Vacíos de tradición liberal, sin legado alguno de libertad que defender, los hombres de la revolución, ignoraban los medios prácticos con los cuales la libertad política se encarna en derechos y garantías concretas.





Había en definitiva, que crear la libertad, darle vida, traducirla en instituciones y plasmarla en costumbres. Tal fue el dilema que se planteó a partir de aquélla semana del mes de mayo de 1810, cuando una junta de gobierno sustituyó al virrey en ejercicio y pretendió encontrar en su seno la soberanía que la corona española había delegado en sus funcionarios.



Fuente: Botana, Natalio R., La libertad política y su historia, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1991; pág. 94.






Plaza vacía, Gente como uno

Imaginemos un día nublado y medio lluvioso, de esos que son tan frecuentes en el otoño porteño. Imaginemos que un vecino resuelve pasarlo junto al río, pescando. Con sábalo o algún bagre, a la tardecita regresa a su casa. Su mujer le pregunta si trae alguna noticia, si vio algo novedoso. El hombre le dice que no: todo lo que hizo fue tirar la línea en las toscas. Ese día podría haber sido el 25 de Mayo de 1810 y ese porteño pudo haber sido uno de los tantos que no se enteró de nada de lo que ocurrió en aquella jornada.





El cabildo abierto del 22 de mayo reunió a menos de quinientos vecinos y Buenos Aires tenía, en ese momento casi 40.000 habitantes. Es decir que sólo el 1 por ciento de la población participó de aquella trascendental reunión en la que se asentaron las bases conceptuales y jurídicas que fundamentarían el relevo del virrey y su reemplazo por una junta designada ¬o más bien, asentida¬ por el pueblo.





Es probable, entonces, que la asamblea reunida más o menos tumultuosamente frente al Cabildo en la mañana del 25 de Mayo, no haya tenido un rating muy superior: 1000 o 1500 vecinos, como máximo. Nuestro pescador habría formado parte, pues, de la enorme mayoría que nada tuvo que ver con la transición del sistema colonial a un régimen nuevo, implícitamente comprometido con la independencia de estas tierras.





Naturalmente, la escasez de participación popular no resta al 25 de Mayo la enorme importancia que tuvo, por varios motivos. En primer lugar, deponer a un representante del rey y reemplazarlo por un cuerpo colegiado era algo insólito y atrevido aunque Cisneros no representara al monarca español sino al organismo que gobernaba en España a su nombre, en vista de la cautividad de Fernando VII.





Y aunque esta fuera, en realidad, la segunda oportunidad en que ocurría un hecho como este en Buenos Aires, pues cuatro años atrás una pueblada había exigido la deposición de Sobremonte por su incompetencia y cobardía frente a la invasión inglesa. Pero en 1806 esa verdadera revolución paso casi inadvertida entre las luchas por la Reconquista; ahora, en 1810, el derrocamiento del virrey era el resultado de un tranquilo y racional debate entre unos pocos vecinos, "la parte más sana y principal" de la capital del virreinato.

En segundo lugar, lo que ocurrió el 25 de Mayo fue muy importante porque de algún modo significó la presencia activa de los militares criollos en el proceso político. Las milicias populares que se habían levantado en Buenos Aires desde 1806 estaban compuestas por criollos y por españoles, divididos en regimientos según sus lugares de origen. Pero en esos cuatro años se habían vivido procesos muy diferentes en los cuerpos peninsulares y en los criollos.





Aquéllos estaban integrados por comerciantes y artesanos, para quienes el oficio de las armas era una molestia; los criollos, en cambio, por ser pobres, se habían tomado muy en serio sus nuevas profesiones de soldados, vivían de sus sueldos y raciones y concurrían puntualmente a los ejercicios.





En poco tiempo adquirieron una capacidad de fuego temible y esta superioridad se vio en enero de 1809, cuando Liniers reprimió fácilmente, con su ayuda, el conato de golpe organizado por el alcalde Alzaga. Ahora, en mayo de 1810, fueron los Patricios quienes hicieron la guardia de la Plaza, dejando entrar a los adictos y rechazando suavemente a los adversarios. Los "fierros" los tenían los regimientos criollos y esta circunstancia fue decisiva para apurar el derrocamiento del virrey Cisneros.





Y una tercera circunstancia notable: tanto en la reunión abierta del 22 como en el compromiso adquirido el 25 de Mayo por los componentes de la Junta, se dejó claramente sentada la necesidad de convocar a los representantes del pueblo de las restantes ciudades del virreinato para que homologaran lo decidido por el de Buenos Aires.





Si éste había obrado como lo hizo era por razones de urgencia, como "hermana mayor" -según dijo Paso¬. Pero se reconocía la necesidad de que un paso tan trascendente quedara avalado por el pueblo del virreinato. Y en este reconocimiento venía implícita la idea de federalismo y también la noción de la integridad del virreinato.





De nada de esto, claro está, pudo enterarse el vecino que en la tarde de esa jornada regresó a su casa con un par de pescados colgando de su hombro... Pero seguramente tardó muy poco tiempo en advertir que lo sucedido ese día también involucraba su propia vida. Porque de comienzos tan triviales como el de esta revolución burguesa y municipal, pueden venir consecuencias tan drásticas como la que conlleva la creación de una nueva Nación. Nada más ni nada menos.


Félix Luna


domingo, 24 de mayo de 2009

- YUPANQUI -





DON ATA



Atahualpa Yupanqui



Atahualpa Yupanqui, su nombre real fue el de Héctor Roberto Chavero), nacido en Pergamino Provincia de Buenos Aires) el 22 de enero de 1908.





Cantor, guitarrista, poeta, compositor, recopilador. Hizo sus primeros estudios musicales con el Padre Rosáenz. Más tarde aprendió guitarra en Junín (Prov. Buenos Aires) con Bautista Almirón. En 1918 su familia se trasladó a Tucumán. En 1923 murió su padre, por lo que tornó a radicarse con los suyos en Junín. En 1926 escribió Camino del indio.





Emprendió un viaje a Jujuy, Bolivia y los Valles Calchaquíes. En 1931 recorrió Entre Ríos, afincándose un tiempo en Tala. Participó en la fracasada sublevación de los hermanos Kennedy, por lo que debió exiliarse en Uruguay. Pasó por Montevideo, para luego dirigirse al interior oriental y el sur del Brasil.





En 1934 reingresó a la Argentina por Entre Ríos y se radicó en Rosario (Prov. Santa Fe). En 1935 se estableció en Raco (Prov. Tucumán) Pasó brevemente por la ciudad de Buenos Aires -donde diversos intérpretes comenzaban a popularizar sus canciones- para actuar en radio. Recorrió después Santiago del Estero, para retornar por unos meses a Raco en 1936. Realizó una incursión por Catamarca, Salta y Jujuy.





Más tarde visitó nuevamente el Altiplano en busca de testimonios de las viejas culturas aborígenes. Retornó a los Valles Calchaquíes, recorrió a lomo de mula los senderos jujeños y residió por un tiempo en Cochangasta (Prov. La Rioja).





A principios de la década del '40, en Tucumán se casó con María Martínez, pero el matrimonio fracasó. Poco después conoció en Córdoba a Paule Pepin Fitzpatrick, "Nenette", quien sería su definitiva compañera y colaboradora musical con el seudónimo "Pablo Del Cerro".













Algo más tarde se editó "Piedra sola", su primer libro. En 1944, durante otra incursión por las provincias del noroeste creó El arriero. A poco debió abandonar Raco, episodio que dio origen a sus sentidas zambas Adiós Tucumán y La añera (1946). Enfrentado al régimen militar triunfante, desde 1946 a 1949, sufrió persecuciones, proscripción y cárcel. En 1950 pasó a Uruguay y desde allí a Europa.










En París, Edith Piaf le dio la oportunidad de compartir el escenario, debutando en junio de ese año. A partir de allí, realizó varias giras por el Viejo Continente. Regresó a Buenos Aires en 1952. A causa de sus críticas fue expulsado del Partido Comunista, lo que le facilitó el reingreso a las radios, pero le valió las críticas de propios y extraños, que no sabían dónde encasillarlo.





Así en 1956, derrocado el peronismo, también fue perseguido por los militares antiperonistas. Pasó unos años alternando entre sus residencias de Buenos Aires y de Cerros Colorados (Prov. de Córdoba), hasta que en 1963/64 emprendió una serie de viajes a Colombia, Japón, Marruecos, Egipto, Israel e Italia.





En 1965 se editó el disco El payador perseguido. Durante 1967 recorrió en giras toda España, para luego instalarse casi definitivamente en París con periódicos regresos a la Argentina que, con el advenimiento en 1976 de la dictadura militar, se hicieron menos frecuentes. Recién en 1979 volvió a presentarse en su país.











Sus actuaciones en Europa comenzaron a espaciarse a causa de algunos trastornos de salud. En 1986 Francia lo condecoró como Caballero de la Orden de las Artes y las Letras. En 1987 volvió al país para recibir el homenaje de la Universidad de Tucumán.





Debió internarse en Buenos Aires en 1989 para superar una dolencia cardíaca, pese a lo cual en enero de 1990 participó en el Festival de Cosquín. En noviembre de ese año murió Nenette. Sin embargo, a los pocos días Yupanqui cumplió un compromiso artístico en París.





Volvió a Francia en 1992 para actuar en Nimes pero se indispuso y allí murió el 23 de mayo. Por su expreso deseo, sus restos fueron repatriados y descansan en Cerros Colorados.





Dejó innumerables obras para el cancionero argentino de raíz folklórica. Como escritor, publicó Piedra sola (1940), Aires indios (1943), Cerro Bayo (1953), Guitarra (1960), El canto del viento (1965), El payador perseguido (1972) y La Capataza, (1992).

viernes, 22 de mayo de 2009

- EL EMBLEMA DE LA CIUDAD -





CUMPLE 73 AÑOS EL OBELISCO PORTEÑO




EMBLEMA DE LA CIUDAD





Con 67 metros de alto y su base de 7 metros por cara, su original revestimiento de piedra blanca extraída de minas en las sierras de San Luis, su estructura de hormigón armado hueca, por cuyo interior asciende una escalera de hierro de 342 escalones hacia las cuatro ventanas en el ápice y su pararrayos casi invisible, nuestro obelisco se impuso al alma de los porteños, convirtiéndose en uno de los símbolos más característicos de nuestra identidad ciudadana.





En 1936, las cuadrillas municipales ya habían abierto un gigantesco hueco en pleno Buenos Aires por donde pasaría la avenida 9 de Julio, "la más ancha del mundo".
En el medio de ese claro que había dado por tierra con viejos cafetines y teatros de varieté, en el cruce con la avenida Corrientes, se construyó la Plaza de la República. Y allí, como un gran mojón que cortaba la Avenida Corrientes, que ya había dejado de ser angosta, se levantó el Obelisco.





Fue el homenaje de Buenos Aires al Cuarto Centenario de su Primera Fundación y representaba el espíritu progresista de una época. Por entonces, el intendente era Mariano de Vedia y Mitre, a la vez que ejercía la Presidencia de la República el General Agustín P. Justo.





Allí donde está, en la intersección de las avenidas 9 de Julio y Corrientes, estuvo el precario y grueso madero sobre el que juró, apoyando su espada, Don Pedro de Mendoza en 1536.





Diseñado por el Arquitecto Alberto Prebish, intentaba resolver con elegancia, clasismo y grandilocuencia, el triple cruce de dos de las más importantes avenidas de la ciudad, a las que se agregaba la Diagonal Norte (Roque Saénz Peña), recientemente construida.





Su construcción estuvo a cargo de la compañía alemana Siemens Bawnion y duró apenas cuarenta días y fue llevada a cabo por más de 150 obreros que trabajaron en dos turnos, se debieron salvar las dificultades que significaban los túneles del subterráneo mediante la construcción de bóvedas en su fundamento. Todo un récord.
Como símbolo, recuerda a aquel precario y grueso madero sobre el cual juró apoyando su espada Don Pedro de Mendoza en 1536.





Fue emplazado en el sitio exacto donde flameó por primera vez en la ciudad la Bandera Nacional en la torre de la Iglesia de San Nicolás, el 23 de agosto de 1812 y se inauguró formalmente el 23 de mayo de 1936 a las 15.00hs.





Una vez culminada su construcción la oposición presionó a través de la prensa para demolerlo. En 1939 el entonces Consejo Deliberante decidió su demolición, pero el intendente de turno vetó la ordenanza alegando que el obelisco era un monumento perteneciente a la jurisdicción de la Nación.












Hoy, setenta y tres años después, nadie discute a éste emblema porteño, custodio de en una remodelada Av. 9 de Julio.





Ricardo A. Carrasquet

- CABILDO ABIERTO -




22 de mayo de 1810



Cabildo Abierto




Ante la presión popular, apoyada por los mandos militares, a las 10 de la mañana, del día 21 de mayo de 1810, el Virrey convocó a Cabildo abierto. No se trataba de una cobardía de Baltasar Hidalgo de Cisneros, veterano de batallas como Trafalgar. Es que no le quedaba alternativa. Y ese día perdió.





Caída la monarquía española, se formaron sucesivas Juntas de gobierno clandestinas a nombre de Fernando VII, que cambiaban varias veces de sede en cuanto eran descubiertas por los franceses, aunque pretendían la obediencia de las colonias.
El virrey Baltasar Hidalgo de Cisneros, que se hizo cargo de la jefatura del Río de la Plata el 30 de junio de 1809, fue nombrado por una de esas Juntas clandestinas.
No todos los porteños estaban de acuerdo en obedecer a una Junta clandestina, cuyo poder no era legítimo. Para ellos, las colonias americanas eran propiedad de la corona española pero no de los españoles en general.





Cisneros llegó a Buenos Aires en medio de un clima de efervescencia. Un mes antes de su arribo –el 25 de mayo de 1809– se produjo una rebelión en Chuquisaca (hoy, Bolivia), con Bernardo de Monteagudo entre los insurrectos.
Otro levantamiento se produjo en julio en La Paz, ferozmente aplastado por los españoles, provocando indignación en el Virreinato.





Las milicias criollas habían adquirido importancia después de las invasiones inglesas (los regimientos españoles de catalanes, vizcaínos y gallegos fueron disueltos tras la asonada de Martín de Álzaga), pero Cornelio Saavedra respondía: “Las brevas aún no maduraron”, cuando le pedían su intervención para acabar con el gobierno de los españoles.





El 15 de mayo de 1810 ancló en Montevideo la fragata inglesa 'Juan Paris' trayendo la noticia de la caída de la Junta de Cádiz en poder de los franceses. Ya no había poder español alguno al que obedecer en Buenos Aires, y un grupo de criollos intimó al virrey Cisneros para que difundiera la noticia.
Cisneros no contaba con poder militar. Entonces, 3 días más tarde, él publicó una proclama pidiéndoles a los vecinos “mantener el orden”.





Los criollos ya habían definido un plan cuyo punto de partida consistía en la convocatoria a un Cabildo Abierto. Para ello, el 19 de mayo, Juan José Castelli y Martín Rodríguez visitaron al virrey, aunque no obtuvieron una respuesta favorable sino hasta el día siguiente.








El 20, los funcionarios del Cabildo llamaron a los jefes militares para consultarlos sobre la convocatoria a un Cabildo Abierto y conocer su opinión sobre los últimos sucesos. Esta vez, la respuesta de Saavedra fue contundente: el virrey debía renunciar y el nuevo gobierno tendría que ser designado en el Cabildo Abierto.
El 21, 600 hombres armados, a las órdenes de Domingo French y Antonio Beruti, ocuparon la Plaza de la Victoria (hoy Plaza de Mayo) pidiendo la destitución del virrey y un Cabildo Abierto.





La respuesta del Virrey fue que él se esforzaría para “asegurar la obediencia al Supremo gobierno nacional que represente (a Fernando VII) durante su cautividad pues…la monarquía es una e indivisible y por tanto debe obrarse con arreglo a nuestras leyes…aún en la hipótesis arbitraria de que España se hubiese perdido enteramente y faltase en ella el Gobierno Supremo representativo de nuestro legítimo soberano”
El texto de la convocatoria a Cabildo Abierto fue:





"El Exemo. Cabildo convoca a V. para que se sirva asistir precisamente mañana 22 del corriente a las 9 sin etiqueta alguna, y en clase de vecino al Cabildo abierto, que con anuencia del Exemo. Sr. Virrey ha acordado celebrar, debiendo manifestar esta esquela a las Tropas que guarezcan las avenidas de esta Plaza, para que se le permita pasar libremente."

Durante la reunión, las palabras mas encendidas que registran los archivos son las de Juan José Castelli, Juan José Paso, el fiscal Manuel Villota y el General español Pascual Ruiz Huidobro. Todos coincidían en que Cisneros debía renunciar, y reconocerse el gobierno a Buenos Aires.





Villota, entendía que debía aceptarse el derecho a la soberanía de Buenos Aires, pero negándole la facultad a las futuras autoridades, de disponer por el resto de los pueblos que integraban el Virreinato.

Paso propuso la formación de una Junta provisoria y luego que el interior enviara representantes para integrar una Junta ampliada y de esa forma, tomar un decisión final y definitiva.

Se habían impreso 600 invitaciones, pero sólo se repartieron 450 sobre la base de una lista elaborada por el Cabildo.

La composición del Cabildo Abierto fue la siguiente: 16 funcionarios públicos, 4 miembros del Consulado; 7 funcionarios de la Real Audiencia; 13 Alcaldes de barrio; 2 Alcaldes de la Hermandad; 27 Eclesiásticos; 17 Abogados; 3 Escribanos; 1 Licenciado; 4 médicos; 59 comerciantes; 21 vecinos; 59 militares; 3 marinos; 15 sin profesión.

Al día siguiente se escrutó la votación de 251 cabildantes, y hay 2 versiones sobre el resultado:

> 158 votaron en contra de Cisneros, 67 votos por su permanencia y 26 personas no emitieron su voluntad.

> 155 apoyaron la destitución del virrey, 69 se expidieron por su continuidad y 27 no votaron.
De los votos que apoyaron el cese del virrey, la mayoría se inclinó porque el Cabildo asumiera el mando interinamente hasta que se constituyera una Junta de gobierno.





Manuel de Anchorena y José de Ocampo fueron los regidores encargados de entregar a Cisneros lo dispuesto por el Cabildo, que así lo hicieron, pasado el mediodía. El Virreynato ya no tenía Virrey. Pero, ¿qué era entonces? Comenzaba un debate que duró demasiados años.